La influencia del patriarcado en los modelos de salud-enfermedad

Nuestra sociedad actual entiende el cuidado de la salud desde una visión eminentemente patogénica, es decir, centrada en la clasificación de la patología y la intervención de la enfermedad. Esta visión patogénica de la salud no surge de la nada, sino que se construye bajo el dominio del patriarcado, que, a través del capitalismo industrial, y en nombre de la racionalidad de la medicina científica impone cómo se entiende el cuerpo, la salud y la intervención sanitaria. El modelo de salud dominante se desarrolla en estrecha relación con estructuras de poder, y no únicamente como resultado del progreso científico. Lo que en la línea de pensamiento de Michel Foucault conocemos como “biopolítica”.

Pero el patriarcado ha operado también mediante el control no solo del cuerpo, sino también de la mente, definiendo qué emociones y comportamientos son aceptables, y cuando son patológicos. Algo así es a lo que se refiere el filósofo Byun Chul Han al elaborar el concepto de psicopolítica en el contexto de neoliberalismo como una extensión de la idea de biopolítica de Foucault que surge en el contexto del capitalismo industrial.

Ambos conceptos, biopolítica y psicopolítica pueden servirnos en referencia al tema a tratar en este artículo para dar soporte al pensamiento crítico teórico que viene a hacernos pensar en las consecuencias de un poder difuso y complejo que pasa de ser disciplinario para Foucault a un poder del rendimiento para Han.

Pero, ¿qué relación puede tener la biopolítica y la psicopolítica, y por ende, la conceptualización del cuidado de la salud con el patriarcado? Pues no cabe duda que el poder del que escribiera Foucault tiene, históricamente, género y que se ejerce a través de la violencia y la fuerza. La propia epistemología (la ciencia que estudia la generación del conocimiento) tiene también sesgo de género. Pensemos en cómo de dispar ha sido el estudio anatómico y científico de los cuerpos de las mujeres, y qué decir de la invisibilización y la violencia aplicada sobre los cuerpos intersexuales.

El concepto de patriarcado tiene antecedentes muy antiguos, aunque se formulara como teoría en el siglo XIX. Friendrich Engels es conocido por su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” donde se hace patente el vínculo del patriarcado con la propiedad privada y la consolidación de estructuras económicas desiguales. Anteriormente Johann Jakob Bachofen había utilizado el mismo término “patriarcado” para describir formas de organización social basadas en la autoridad masculina, la filiación paterna y el control de las estructuras familiares por los varones.

Kate Millet sería más directa al definirlo como “una institución, constituida en base a la fuerza y a la violencia sexual (con la violación como mecanismo principal) ejercida sobre las mujeres (…) que tiene que ver con la división social, los mitos, la religión, la educación y la economía.” Para Kate Millett “el patriarcado no es simplemente una forma de familia, sino un sistema político que gobierna la distribución del poder entre los sexos” (Millett, 1970). Para el tema que concierne a este artículo podemos afirmar que el patriarcado ha promovido una compresión del cuerpo como objeto de control, regulación y normalización.

El capitalismo, por su lado, disciplina a la fuerza a los cuerpos y a las mentes para producir sujetos obedientes y racionales y el neoliberalismo los hace hiperproductivos, convirtiendo al sujeto en dueño y señor de su rendimiento. Desde esta perspectiva, la salud mental tendría el potencial de funcionar como un dispositivo de normalización emocional al patologizarse estados emocionales o anímicos que en realidad son respuestas eficaces ante unas condiciones de vida insostenibles. Asimismo, la medicina moderna controla los cuerpos a nivel biológico al situar al paciente como sujeto pasivo y al profesional sanitario como autoridad incuestionable, reforzando relaciones de poder asimétricas como afirmaba Foucault.

Desde una mirada feminista, se ha cuestionado, por ejemplo, cómo la institucionalización de la medicina supuso la expropiación de saberes de cuidado tradicionales, particularmente de mujeres, donde una mirada psicoemocional y afectiva primaba sobre el retorno rápido a la productividad.

El hecho es que el capitalismo requiere sujetos psíquicamente funcionales al sistema productivo: concentrados, motivados, resilientes y emocionalmente regulados. Y lejos de mejorar en el neoliberalismo el control ya no se ejerce principalmente mediante la intervención externa, sino a través de la autoexigencia, la autooptimización y la autorregulación psíquica. La salud mental se redefine entonces como la capacidad de seguir produciendo y rindiendo. El sufrimiento psíquico deja de interpretarse como síntoma de un sistema injusto y pasa a concebirse como fallo individual de adaptación.

Desde la perspectiva de la psiquiatría moderna ésta adopta el paradigma biomédico, aplicando al sufrimiento psíquico los mismos principios de clasificación, la medición y estandarización que a la enfermedad física. Así, se construye una visión de la mente como un conjunto de funciones alterables, un sistema neuroquímico sobre el que se puede intervenir. Cabe destacar la visión de Arthur Kleinman desde la antropología médica que demuestra que esta reducción ignora el significado cultural, social y biográfico del sufrimiento mental, y lo que es peor, deslegitimando la experiencia subjetiva y desempoderando al paciente.

Así el diagnóstico psiquiátrico es el que define qué emociones y qué intensidad son “normales”, qué umbrales mínimos de tolerancia al malestar debe tener la persona y, en todo caso, legitima intervenciones farmacológicas. Sirva mencionar a Foucault cuando sostiene que clasificar no es solo describir, sino “ejercer poder”, ya que el diagnóstico nombra, ordena, corrige y normaliza. Así, la salud mental se convierte en un mecanismo de control social suave, donde la conformidad emocional y conductual es presentada como bienestar.

La industria farmacéutica desempeña un papel decisivo en la consolidación de esta visión, al financiar investigaciones científicas, promover los diagnósticos y las clasificaciones y posicionar los psicofármacos como respuesta principal al sufrimiento psíquico. Esto debilita la capacidad de las personas para comprender y elaborar su malestar fuera del marco médico y psiquiátrico. La medicalización del malestar mental individualiza el sufrimiento y silencia la injusticia social.

La versión patriarcal, capitalista de la biomedicina da lugar a una visión de la salud mental que busca ajustar mentes al sistema sin preguntar por las causas estructurales del sufrimiento, en lugar de transformar el injusto sistema que las daña.

Frente a esta visión patogénica de la salud han ido surgiendo críticas que tratan de complementar y cuestionar el control psiquiátrico de la mente. Algunos menos conocidos como la antipsiquiatría, que entiende la locura como respuesta significativa a contextos opresivos; la medicina social y la epidemiología crítica, que sitúan el sufrimiento mental en las condiciones de vida; o la salud mental feminista, que denuncia la patologización de las emociones femeninas. Y otros más conocidos como el enfoque salutogénico de Aaron Antonovsky (1979), que desplaza la atención hacia los recursos de sentido y coherencia.

El modelo biopsicosocial quizás sea el que más reputación ha acumulado. Este enfoque surge como una respuesta crítica al modelo biomédico hegemónico desde el siglo XIX, que entiende la enfermedad como un proceso exclusivamente biológico localizada en el cuerpo o la mente individual y abordable mediante intervención en el organismo. El término biopsicosocial fue formulado por primera vez por George L. Engel en su artículo The need for a new medical model. Engel criticaba la incapacidad del modelo biomédico para explicar enfermedades crónicas, trastornos mentales y el sufrimiento humano en general, proponiendo un enfoque que integrara los procesos biológicos, las experiencias psicológicas, y las condiciones sociales y relacionales.

El modelo biopsicosocial adquiere especial relevancia en salud mental, donde el reduccionismo biológico tiene límites evidentes. La psiquiatría biomédica, apoyada en clasificaciones diagnósticas tiende a medicalizar el malestar, categorizar y estandarizar la experiencia subjetiva, y priorizar el tratamiento farmacológico. El enfoque biopsicosocial, en cambio, concibe los trastornos mentales como procesos complejos, resultado de la interacción entre vulnerabilidades biológicas, experiencias emocionales, y contextos sociales, económicos y culturales. Pero ojo porque el propio modelo psicosocial tiene el riesgo de psicologizar problemas estructurales, responsabilizando al individuo de su malestar, e invisibilizando desigualdades de género. Cuando en el campo de la salud mental, las intervenciones se centran en la regulación emocional y la resiliencia individual, sin cuestionar las condiciones que producen sufrimiento, estamos ante un riesgo del modelo biopsicosocial.

Así pues, desde esta perspectiva crítica, la ansiedad, la depresión o el trauma no son únicamente disfunciones cerebrales, sino respuestas comprensibles a condiciones de vida adversas, como la opresión, la discriminación, precariedad, la violencia, el aislamiento o la sobrecarga de los cuidados.

Autores de la antipsiquiatría, como R. D. Laing, ya defendían que la locura puede entenderse como una forma de comunicación o resistencia frente a contextos opresivos, anticipando elementos centrales del enfoque biopsicosocial crítico.

Hay una relación complementaria entre el modelo biopsicosocial y el enfoque salutogénico, propuesto por Aaron Antonovsky que propone desplazar la pregunta “¿por qué enfermamos?” a “¿qué produce salud?”, introduciendo el concepto de sentido de coherencia al integrar comprensión, manejabilidad y significatividad. El enfoque salutogénico refuerza una aplicación del modelo biopsicosocial orientada no solo a reducir síntomas, sino a fortalecer recursos individuales y colectivos.

La epidemiología crítica, con autores como Jaime Breilh cuestiona que la dimensión social debe entenderse como determinación histórica, no como simple “contexto”. Diversos autores apuntan que el modelo biopsicosocial puede vaciarse de contenido crítico si se reduce a una suma de causas y factores, si se aplica solo a nivel individual, y, sobre todo, si no cuestiona las estructuras de poder.

El modelo biopsicosocial es una alternativa integradora al reduccionismo biomédico, que aporta una comprensión más compleja del proceso salud–enfermedad. Y a la vez, su potencial transformador depende de una aplicación crítica, que no reduzca lo psicológico a lo social, no medicalice el sufrimiento estructural, incorpore una perspectiva de género, y que priorice el cuidado, la justicia social y la autonomía. Sólo así aplicado el modelo biopsicosocial constituye una herramienta clave para una salud mental emancipadora, orientada no solo a la adaptación, sino a la transformación de las condiciones que producen sufrimiento.

En resumen, hay argumentos para defender que la visión patogénica de la salud mental no es neutral, sino el resultado histórico de un patriarcado que regula emociones y subjetividades, un capitalismo que exige mentes productivas y adaptadas, un paradigma científico biomédico y psiquiátrico que reduce la mente a objeto técnico, y una industria farmacéutica orientada al beneficio. Reconocer el control de la mente como eje central de la salud permitiría abrir el debate y el camino hacia modelos que prioricen el cuidado comunitario, la justicia social y la transformación estructural.

 

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Un abrazo,

 

Jorge Cabellos

 

 

Bibliografía empleada:

  • Antonovsky (1979). Promoción de la salud: Cómo manejar el estrés y mantenerse bien. Paidós.
  • Conrad (2007). La medicalización de la sociedad: Una transformación de las condiciones humanas en trastornos tratables. Katz Editores.
  • Ehrenreich, & English (1973). Brujas, parteras y enfermeras: Una historia de las sanadoras. La Sal – Edicions de les Dones.
  • Foucault (1963). El nacimiento de la clínica: Una arqueología de la mirada médica. Siglo XXI Editores.
  • Foucault (1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.
  • Byun Chul Han (2010). La sociedad del cansancio. Herder.

 

 

 

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