La serofobia, la homofobia y la LGTBIfobia: una aproximación histórica y filosófica al estigma del sida y a la estigmatización por vih

Con el Orgullo LGTBIAQ+ a la vuelta de la esquina, es un buen momento para pensar en las distintas maneras en que todavía se discrimina. Conviene nombrar de manera precisa la serofobia como germen del estigma del sida y de la estigmatización por vih. Esta es mi intención en este artículo que forma parte de mi investigación para mis Trabajos de Fin de Másteres de Sexología y Género y Terapia Sexual y de Parejas y Otros Vínculos Sexuales en la Fundación Sexpol (Universidad Nebrija): hacer una reflexión tanto histórica como filosófica sobre de dónde viene ese miedo irracional y por qué persiste. Ojalá que ayude a quien lo lea con interés a encontrar los términos adecuados para pensar de manera crítica acerca del estigma del sida, a encontrar el lenguaje justo para contextualizar histórica y socialmente la estigmatización por estado serológico del vih y, a potenciar una narrativa que apunte a los verdaderos agentes infecciosos de la epidemia: la serofobia, la homofobia y la LGTBIfobia.

La historia del vih y el sida está íntimamente ligada a la homofobia y a la transfobia. Durante años, esta epidemia se ha usado para reforzar prejuicios, justificar exclusiones y etiquetar a ciertos grupos como peligrosos o inmorales. Por eso hoy, es importante hablar de la serofobia (o vihfobia), una forma específica de violencia que sigue afectando a quienes vivimos con vih que consiste en el miedo irracional a infectarse de vih o a relacionarse social, personal o sexualmente con personas que vivimos con vih.

Con la evidencia científica de la intransmisiblidad del virus por vía sexual sin protección cuando los niveles son indetectables (indetectable = intransmisible) hablar hoy en día de serofobia supone también hablar del negacionismo científico que supone no aceptar esta evidencia.

Para la mayoría de los casos de serofobia bastaría con acercarse a un servicio de asesoramiento, educación o terapia sexual con terapeutas y profesionales de la sexología con enfoque afirmativo LGTBIAQ. En el caso de parejas y otro tipo de vínculos sexuales la terapia sexual puede ser suficiente para abordar la serofobia. En mi caso, mi intención es ofrecer asesoramiento, educación y terapia sexual individual y de parejas y otros vínculos sexuales con un enfoque somático, sensible al trauma y con perspectiva de diversidad corporal, sexual y de género: https://jorgecabellos.com/sexologia-somatica/

 

El origen histórico del término “estigma”

La definición en la Real Academia Española refleja de manera muy clara el imaginario colectivo en la sociedad cuando nos referimos al estigma con definiciones como “marca o señal en el cuerpo”, “mala fama” o “huella impuesta como pena o como señal de esclavitud”. Un reflejo de la evolución del término y del concepto a lo largo del tiempo. Primero en griego y después en latín, el término se usaba para referirse a la marca que se hacía en el cuerpo primero a esclavos y luego a criminales usando, como se hacía con los animales, un hierro ardiente, para señalar no solo su propiedad como en el caso del ganado, sino para marcar su condición de inferioridad. Un castigo tatuado de por vida en un cuerpo marcado hasta su muerte.

Quizás no se nos haga raro el suponer al ser humano con el derecho de marcar un animal como parte de su propiedad. Sin embargo, poseer esclavos humanos es algo, afortunadamente, al menos en un sentido estricto, parte del pasado. Entiéndase que lo que en origen fue el derecho del señor y dueño a marcar a su esclavo, es lo que daría origen a que el Estado en nombre del Derecho impusiera en el medievo a los criminales penas de privación de libertad, trabajos forzados y castigos ejemplificadores a la luz del día ante los ojos del pueblo para que todos vieran las consecuencias de no cumplir las normas. Es decir, el orden impuesto por quien ejerce el poder.

En la Antigüedad, especialmente durante el Imperio romano, se utilizaban castigos corporales permanentes, como el marcado con hierro, los tatuajes obligatorios y las mutilaciones, marcando de por vida al supuesto culpable y previniendo al resto de la sociedad. En la Edad Media, estos métodos persistieron y se intensificó la humillación pública usando picotas, cepos y exhibiciones en lugares públicos, y aunque la pena continuaba siendo física, era cada vez más simbólica y social, dirigida a veces a la humillación y al ridículo. Desde la Edad Moderna, con el avance del derecho y el impacto del humanismo, se empezó a disminuir la mutilación y las marcas en el cuerpo, siendo reemplazada por penas de encarcelamiento, trabajos forzados y multas económicas. En la Edad Contemporánea, el castigo dejó de centrarse en el cuerpo y comenzó a enfocarse en la privación de libertad y la multa económica, eliminando en gran medida las marcas físicas permanentes.

“…signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien los presentaba. Los signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo, y advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor.” (Goffman, 2006)

Foucault en su análisis del poder a lo largo de sus obras nos ayuda a tomar verdadera conciencia de cómo el castigo público marcando ante el público el cuerpo del “criminal”, antaño “esclavo”, en la modernidad se sustituye por otras formas de castigar que no corrieran el peligro de despertar la compasión del público como ocurría cuando las penas y los castigos se hacían en la plaza a la luz del día para que todos lo vieran y tomaran ejemplo. Así, el castigo público se vio relevado por otros, como la privación de libertad. Así que el castigo primario y primordial que fue marcar físicamente el cuerpo de quien incumplía la norma y el orden se transformó en una marca invisible a los ojos pero rastreable en lo social. No podemos obviar que religión y derecho son instrumentos del poder como diría Foucault. Y de ahí que, todavía hoy, en el imaginario social, siga presente la idea de castigo divino ante el incumplimiento de un orden moral que tiene que ver más con lo religioso que con lo legal.

Es cuando menos curioso como, el propio Michel Foucault, muerto de sida en 1984, no hablara públicamente de su enfermedad. Para algunas personas esto fue una continuidad lógica con su crítica a la “confesión”, la “medicalización” y el “poder que produce sujetos a través del discurso”; para otras, una incoherencia con su discurso, o incluso un reflejo de la violencia simbólica que tuvo el sida en los ochenta.

Retomando las definiciones de la RAE, y en concreto tomando la definición en el ámbito de la medicina como “lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria” no puedo evitar pensar en cómo el sida fue presentando socialmente como un castigo divino, una marca invisible pero rastreable de lo que, por aquel entonces todavía era categorizado como “enfermedad”: la homosexualidad. Pero, ¿quién presentó el sida como castigo divino? Históricamente algunas enfermedades han sido consideradas eso: un castigo de Dios. Sin embargo, igual que la religión fue usada para dominar a las masas a través del miedo, no hay duda que los medios de lo que hoy llamamos “comunicación” se benefician de presentar noticias que traen miedo y pánico. Y no me refiero solo a la prensa, la radio y la televisión. Sino también, y especialmente, hoy en día, al papel de la opinión expresada públicamente en redes sociales e internet.

Viajando de nuevo al pasado, a ese momento donde el escarnio y el castigo tenía que ser público para que tuviera su efecto, reflexionemos un momento en que por aquel entonces esa era la única manera de comunicar al resto de la sociedad que aquellas personas que no cumplían el orden impuesto por la religión y por la moral, sufrirían un castigo. Pero la creencia de que la enfermedad era un castigo divino es mucho más antigua que el ejercicio del castigo público: nace de la propia psiquis humana en su intento por darle un sentido a la enfermedad y a la muerte, incluso al accidente (de ahí la superstición). Lo que hace el castigo público, y en su mayor expresión, dar muerte al criminal ante el pueblo, es advertir a la población de que ahora quien tiene el poder de castigar con la muerte no son los dioses o los poderes de la naturaleza, sino el amo, el dueño, el señor, el rey…

Y es que, el sida fue eso en aquellos años: una marca, una señal, un indicio que señalaba a quien lo sufría de ser portador de un castigo moral y divino por haber contravenido el orden moral, religioso y médico imperante en aquel momento en el que la homosexualidad empezaba a ser retirada como delito por peligrosidad social, luego como desorden público y, sólo posteriormente, como enfermedad mental.

Foucault era consciente de que la sociedad necesitaba mucho más tiempo para dejar de considerar criminal y enfermo a quien llevaba siglos siendo marcado por ello socialmente. El sida, para la religión y para el pensamiento político conservador fue una oportunidad para volver a sembrar el miedo y advertir que las relaciones sexuales fuera de la norma serían castigadas y señaladas.

El castigo, y el estigma en sus orígenes, volviendo al concepto, consistía entonces en marcar el cuerpo de quien recibía el castigo para poder clasificar y diferenciar los cuerpos. Algo muy similar a lo que hará después la medicina, que, además de tratar y curar las enfermedades, y siguiendo el pensamiento de Foucault, se convertirá también en instrumento del poder en cuanto que diagnostica y clasifica. Esta era precisamente la crítica de Foucault y en base a la cual diría «No tengo nada que confesar. No me interesa decir quién soy ni revelar una verdad interior» en su clara referencia a que elegía conscientemente no atribuirse una identidad como homosexual, en coherencia con su crítica y análisis de la homosexualidad no como identidad esencial, sino como práctica histórica, o quizás también a que elegír no visibilizarse como persona enferma de sida.

Hoy, más de cuarenta años después de que comenzara la epidemia, la serofobia sigue siendo un estigma contemporáneo: es como una marca invisible que, aunque ya no se graba a fuego en la piel, sigue señalando y excluyendo vidas, deseos y cuerpos.

En esta era de avances científicos, mantener un miedo irracional hacia quienes vivimos con vih es una forma de negacionismo.

Negarse a aceptar que alguien con carga viral indetectable no transmite el vih sexualmente (I=I) no es cuestión de precaución; es un rechazo a lo que hemos aprendido tras décadas de investigación y la lucha del activismo comunitario. Y ese rechazo proviene de un miedo irracional que se llama serofobia. ¿Recuerdas cómo en los años ochenta, la homofobia aprovechó el sida para reforzar un orden moral basado en la vergüenza y el castigo? Pues actualmente la serofobia existe porque ciertos discursos siguen optando por el miedo en lugar del conocimiento, por el prejuicio en vez de la evidencia y por la exclusión en lugar de reconocer la dignidad humana.

Así que, combatir la serofobia no solo significa educar sobre cómo realmente se transmite el vih; también implica cuestionar las estructuras sociales, culturales y políticas que aún ven a ciertos cuerpos como peligrosos.

Al final del día, el verdadero agente infeccioso que sigue propagándose no es el vih en alguien que está recibiendo tratamiento adecuado, sino ese miedo irracional (la serofobia) que todavía tiene tanto peso en nuestra sociedad.

 

La estigmatización como una forma de discriminación, y la serofobia como una forma de negacionismo de la evidencia científica

El término “estigmatización”, a diferencia de estigma, pone el foco en quien ejerce la violencia, en el proceso de opresión y señalamiento, en este caso a personas y a grupos que están más en contacto con el vih, para señalarnos y diferenciarnos del resto, inhabilitándonos para la plena aceptación social a través de una violencia simbólica o real.

El concepto estigmatización es más cercano a otro concepto que manejamos que es el de “discriminación”, que sería el materializar la estigmatización en acciones u omisiones que implican tratar a determinadas personas de manera injusta y prejuiciosa.

Sin embargo, hay un término necesario para entender este fenómeno que es el de serofobia (también podemos encontrarlo como vihfobia), en referencia al miedo irracional a infectarse de vih o a relacionarse con personas que vivimos con vih. Este término, tan parecido a homofobia, transfobia, etc nos recuerda los orígenes históricos comunes de todas estas fobias, rechazo y miedo irracional hacia lo diferente y lo no normativo. Este miedo irracional proviene de una amenaza tangible pero sin justificación científica, es la amenaza de la desinformación y de falsas creencias acerca del riesgo de transmisión y también está hecho de una amenaza simbólica a los valores, la ideología y la moralidad tradicional, es decir, prejuicios morales y al final actitudes degradantes. Se compone también del rechazo o la evitación de la interacción social, del contacto físico o de las prácticas sexuales con personas que vivimos con vih o que se sospeche que tengamos más probabilidades de estar en contacto con el virus.

La serofobia no se puede entender del todo si no se mira su conexión histórica con la homofobia y la LGTBIfobia. Desde los primeros días de la epidemia, el vih y el sida se vincularon de manera simplista y estigmatizante a ciertos grupos sociales, sobre todo a hombres homosexuales y bisexuales. Esto solo reforzó prejuicios que ya estaban ahí. El virus no inventó la homofobia, pero sí le dio un nuevo argumento simbólico para justificarla y perpetuarla. La forma en que los medios, las instituciones religiosas, políticas y de salud asociaron el sida con la homosexualidad revivió viejos discursos morales que veían las disidencias sexuales y de género como una amenaza al orden social establecido. Pero, ¿de qué queremos hablar realmente cuando hablamos del estigma del vih o del sida? ¿Cuál es la intención de quién enseña o comunica sobre el estigma del vih? ¿El origen del estigma histórico en los 80? ¿O algún estigma previo como el estigma de la homosexualidad o la transexualidad o del consumo de drogas?

Así que la serofobia es una manifestación específica dentro de un sistema más amplio de estigmatización que incluye también la homofobia y la transfobia. Todas estas formas de discriminación tienen una lógica común: construyen ciertos cuerpos, prácticas sexuales e identidades como si fueran desviaciones de lo que se considera “normal” desde un punto de vista social, moral o biológico. Siguiendo el enfoque foucaultiano, estas opresiones funcionan a través de clasificaciones, vigilancia y exclusión que separan a quienes son considerados legítimos de aquellos vistos como peligrosos o inferiores.

Lo que es preocupante es que hoy en día la serofobia sigue persistiendo porque la estigmación relacionada con el vih no solo surge del miedo a contraer la infección: se alimenta también de prejuicios arraigados hacia las personas LGTBIAQ+ y otras identidades históricamente marginadas. Así que cuando hablamos del estigma del vih, no estamos tratando solo un tema sanitario; es también una cuestión de control social que se entrelaza con sexualidad, género, clase social, origen migrante y otros factores de desigualdad. La serofobia, la homofobia y la LGTBIfobia se retroalimentan entre sí, creando procesos de exclusión que afectan tanto a quienes viven con vih como a aquellos que son vistos como parte de grupos asociados a la epidemia.

Desde esta perspectiva, mencionar la serofobia implica reconocer su dimensión interseccional y su relación con otras formas de discriminación. Hoy en día no basta con hablar solamente de “estigma” cuando nos referimos a la discriminación por orientación sexual o identidad de género; también es limitado hablar del “estigma del vih” sin identificar las estructuras homófobas y LGTBIfóbicas que han contribuido a su creación y mantenimiento. Reconocer estas violencias ayuda a cambiar el enfoque desde las personas estigmatizadas hacia los sistemas sociales, culturales e institucionales que generan y perpetúan esta exclusión. 

 

Una buena noticia: existen tratamientos eficaces para tratar la serofobia

Es interesante parar un momento a pensar en lo que realmente significa la palabra “fobia”.

En psicología se define como un miedo intenso y persistente hacia algo específico, ya sea un objeto, una situación o un estímulo, que genera ansiedad y lleva a evitarlo. Lo curioso es que estas fobias en su expresión más grave tienden a mantenerse porque esa evitación impide que la persona confronte sus creencias con la realidad y, por lo tanto, ajuste su percepción del peligro. Por eso los tratamientos psicológicos más efectivos, como la terapia cognitivo-conductual que se basa en enfrentamientos graduales o en cambiar creencias irracionales, buscan precisamente reducir el miedo acercándose de forma segura a lo que se percibe como amenazante.

Para la mayoría de los casos de serofobia bastaría con acercarse a un servicio de asesoramiento, educación o terapia sexual con terapeutas y profesionales de la sexología con enfoque afirmativo LGTBIAQ. En el caso de parejas y otro tipo de vínculos sexuales la terapia sexual puede ser suficiente para abordar la serofobia. En mi caso, mi intención es ofrecer asesoramiento, educación y terapia sexual individual y de parejas y otros vínculos sexuales con un enfoque somático, sensible al trauma y con perspectiva de diversidad corporal, sexual y de género: https://jorgecabellos.com/sexologia-somatica/

La serofobia, en este contexto, puede verse como un miedo aprendido y moldeado por años de discursos religiosos, morales y mediáticos que han asociado el vih con culpa, desviación o incluso muerte. Pero aquí hay algo clave: mientras que una fobia individual puede tratarse en terapia, la serofobia necesita una respuesta más amplia: social, política y cultural. No sirve solo con dar información científica sobre cómo se transmite el vih, así como no funciona simplemente decirle a alguien con fobia que “no tenga miedo”. Hay que crear espacios de encuentro y visibilidad para desmontar esas creencias heredadas y sanar la memoria colectiva de una epidemia marcada por la homofobia y el rechazo a las sexualidades diversas. Seguir temiendo una relación afectiva o sexual con alguien que tiene vih pero tiene una carga viral detectable o indetectable no solo perpetúa un prejuicio; además, ignora toda la evidencia científica acumulada tras años de investigación y activismo comunitario. Antes, el estigma marcaba a las personas con hierro para señalar al esclavo o al criminal; hoy día sigue presente pero de manera más sutil a través del miedo y la exclusión. Al final del día, el verdadero agente infeccioso que sigue propagándose no es el vih cuando se trata adecuadamente, sino la serofobia que aún persiste en nuestra sociedad.

En conclusión

En conclusión, es más preciso, y más justo y necesario, hablar de la estigmatización y de la discriminación que todavía hoy en día se ejerce por parte de las instituciones, la administración pública, la medicina, la justicia, y, en general, el resto de la sociedad, así como de la serofobia, la homofobia y la LGTBIfobia, entendidas como formas de rechazo y de miedo irracional históricamente entrelazados que han contribuido a la construcción y perpetuación de la discriminación y la estigmatización asociadas al vih. Este enfoque sitúa el análisis en el marco de los derechos humanos y de la justicia social, permitiendo comprender que el problema no reside en las personas que vivimos con vih, sino en las estructuras de discriminación que producen exclusión, desigualdad y vulneración de derechos.

Este mes del Orgullo, es importante recordar la historia del vih, no solo como la historia de una enfermedad sino como un símbolo de resistencia frente al estigma, el miedo y la exclusión que ya existían mucho a antes que el virus. Las victorias que hemos logrado en derechos son el resultado del esfuerzo incansable de personas, entidades y comunidades que se negaron a aceptar la discriminación como algo normal. Hablar hoy de serofobia, homofobia y LGTBIfobia es clave para mantener viva esa memoria y asumir nuestra responsabilidad en construir una sociedad más justa e inclusiva. El verdadero reto del vih siempre han sido los prejuicios y las injusticias que han acompañado a la epidemia. El Orgullo nos recuerda que la dignidad, la diversidad y la justicia social son herramientas esenciales para transformar el mundo. Todes merecemos vivir sin ser señalades ni excluides por quiénes somos, con quién tenemos sexo o por cuál sea nuestro estado serológico.

 

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Con amor,

 

Jorge Cabellos

 

 

Bibliografía empleada:

  • Pecoraro, Gustavo. 2024. Alguien tendrá que serlo. Reflexiones sobre vivir con vih.
  • Zaro, Iván. 2019. La vida a través del espejo. Testimonios de resiliencia frente al vih.
  • Rodríguez, Juan. 2024. El vih: más allá del miedo, comprendiendo el vih.
  • Sontag, Susan. 1991. La enfermedad y sus metafóras. El sida y sus metáforas.
  • Foucault, Michel. 1975. Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión.
  • Foucault, Michel. 1976. Historia de la sexualidad, Vol. 1: La voluntad de saber.
  • Goffman, Erving. 2006. Estigma: La identidad deteriorada.
  • Real Academia Española. 2023. Diccionario de la lengua española.

 

 

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